
Javier Salvador, teleprensa.es
Ayer todos se congratulaban de una u otra manera por las cifras del paro. Baja en unos cuantos miles en Almería, es decir, que se ha vuelto a generar empleo y en Andalucía sube un 0,5%, lo que quiere decir que el equilibrio va llegando. Y llegaron, como es natural los comunicados de prensa del PSOE, CC.OO., UGT y del PP no pregunte porque no se vieron, no hubo nota de prensa, aquí no llegó, pero sí han llegado constantemente las que hacían referencia a los datos malos, los meses de caídas. Cada uno tiene su estrategia.
Pero no son los partidos y los sindicatos quienes tienen que hablar en este momento de empleo, sino las empresas y los propios trabajadores. Los primeros tienen que encontrar soluciones para generar caja con la que poder optar a contrataciones. Algunos datos dicen que el consumo se reactiva tímidamente en algunos sectores y que ello conlleva la generación de empleo. Los segundos, los trabajadores, tienen que amoldarse a una situación inestable en la que no está solo en juego su propio futuro, sino también el de la empresa que no tiene recursos para crecer.
Dejando a un lado la política, los políticos y unas medidas que parecen que se hacen sólo para las grandes empresas, que no llegan nunca a la pyme o que cuando lo hacen implican tal movilización de recursos que es imposible acogerse a ellas, las grandes soluciones del momento, las que tienen que surgir para comenzar a caminar, no van a llegar a modo de convenios colectivos, grandes pactos entre sindicatos y patronal y fotos a cinco columnas en las portadas de los periódicos nacionales.
El 80% de este país está formado por pequeñas empresas, casi todas de carácter familiar y en primera generación.
Esos empresarios tienen como sueño crecer, dejar un legado a sus hijos y el trabajador que ha decidido ser asalariado toda la vida, porque no quiere, no puede o no se atreve a ser autónomo, trabaja por mantener un nivel de vida concreto, una seguridad para sus hijos, para su casa.
La generación de empleo, en mi opinión, es una cuestión de valentía. Por parte del empresario y del trabajador, porque en el momento actual todos tienen que asumir riesgos. Si no es así, nadie le dará al botón de arranque de esa locomotora que llamamos economía.
Y se trata de valentía porque es el momento en el que todos deben generar valor, empresario y trabajador y dejarse falacias tan comunes como que al trabajador se le presupone su voluntad o al empresario su honestidad. Hay de todo en todas partes, y ya es hora de aceptarlo.
Esta crisis nos ha dejado algo muy claro. No sobrevive el que más dinero tiene aparentemente, sino el verdaderamente rico en capacidad. Aquel que ha sabido reinventarse, adaptarse, aguantar, esperar y no tirar la toalla. Ese que no culpa al gobierno o a la oposición, aquél que aceptó la situación como vino y se dedicó a seguir trabajando, ése es el que ha sobrevivido porque su proyecto era real, tangible, dependía única y exclusivamente de su capacidad como persona. Y esa definición sirve tanto para empresarios como para trabajadores.
Ninguna empresa ha despedido a nadie por deporte y ningún trabajador realmente valioso en su empresa, comprometido y dispuesto a sufrir dentro de esa pyme ha sido despedido. Lo habrán pasado mejor o peor, pero ha sobrevivido.
Ahora tenemos que plantearnos realmente lo sucedido, reflexionar sobre ese modelo que es capaz de dejar en la calle a cuatro millones de trabajadores de la noche a la mañana y aceptar que no fueron tiempos de bonanza, sino de engaño. Que España no iba bien, sino que caminaba al filo de la navaja, como Francia, Alemania, Reino Unido, EE.UU. y tantos otros. Pero dejemos que cada país solucione su problema y nosotros el nuestro y cuando digo el nuestro no hablo del país, sino de cada empresa y de manera individual, de cada trabajador como persona, porque no habrá una solución para el conjunto. Habrá facilidades, pero no soluciones, esas sólo están en la casa de cada uno.