
Javier Salvador, teleprensa.es
España vive asombrada por lo que una mujer de apariencia débil está consiguiendo sin más grito que el de su propio silencio. Para muchos se trata de una Gandhi Saharaui, mientras que para Marruecos Aminetu Haida no es una activista pacífica, sino una terrorista que comulga con el Frente Polisario, que es lo que queda de la resistencia de aquellos españoles de dni y libro de familia que vivían en el desierto. Esos a los que llamamos aquellos españoles, fueron expulsados del Sáhara por los mismos que firmaron los acuerdos de Madrid, en 1975, según los cuales se establecía una administración tripartita,- España, Marruecos y Mauritania-, pero bajo soberanía española. En el fondo de toda historia sólo hay minerales, como en Bu Craa, la presunción de yacimientos petrolíferos sin descubrir y un rico banco pesquero que Marruecos ha explotado como si de una mina de oro se tratase gracias a las compensaciones que le ha dado la UE por su uso compartido.
Hasta ahí todo está claro. Unos pueden tener unas razones y el resto otras muy distintas para apoyar la causa del Sáhara, ahora Aminetu Haida, pero muchos son los que piensan que el marrón que tiene España con esta historia no es pequeño, porque no se trata de un problema generado por una señora que se ha puesto en huelga de hambre en un aeropuerto, sino de la ceguera nacional ante 250.000 refugiados en las wilayas de Tinduf, tirados en mitad de un desierto que no es el suyo desde hace más de treinta años. Y lo más gracioso de todo es que decenas de ciudades españolas están hermanadas con esos asentamientos y cada verano acogemos a sus niños para que vivan aquí unos meses, pasen revisiones médicas y puedan volver equipados de ropa y enseres que allí no conseguirían porque la ONU, sí la ONU, se ocupa de ellos pero sólo llega a lo mínimo para garantizar su supervivencia.
Es genial eso de los festivales de cine, la caravanas solidarias y todas las ideas ocasionales tan chorras como necesarias que se nos ocurren para limpiar nuestra conciencia y creer que tenemos el cielo abierto con una limosna, pero en el año 2009 lo que reclama el pueblo saharaui es su territorio, su país, que no es Marruecos y que nunca lo fue.
Pero Aminetu Haida está consiguiendo adhesiones, algunas de ellas interesadas como las de aquellos que proponen cerrar la frontera a todo tomate o producto marroquí hasta que esta señora no vuelva a su casa en el Aaiún, ciudad que un día fue capital de ese Sáhara español.
Otros hablan de la devolución por correo urgente de todo inmigrante marroquí que no tenga papeles, y los más aguerridos parece que se han chutado una dosis extra de películas de guerra y piden al Gobierno que active las alarmas en situación DEFCON 2 o como quieran llamarse en España. Es decir, que pongamos a los legionarios a montar sus equipos para partir inmediatamente hacia Villa Cisneros y así pillamos a los marroquíes desprevenidos porque creerán que desembarcaremos en el Aaiún. Pero no, los días de Perejil pasaron y no deben volver salvo que a Zapatero le de ahora un arrebato a lo Obama y entienda que las guerras son necesarias de vez en cuando.
Ahora bien. Que tampoco se crea nadie que Haida va a conseguir la liberación del Sáhara y mucho menos que, de producirse alguna vez la autodeterminación del territorio, España va a ser favorita de los Saharauis después de más de treinta años de olvido.
El problema, por tanto, es con Marruecos y en el peor de los momentos. Los chicos de Mohamed VI saben que en España se puede montar una rebelión a la francesa contra sus productos y que cualquier excusa es buena para empezar a parar camiones porque, ojo al dato, somos su carretera. Su única carretera para ser más exactos y, además, una de sus principales fuentes de ingresos por las remesas que mandan desde aquí los que se han dejado su familia allí. Para más señas, nadie se cree que Marruecos luche contra la inmigración ilegal porque las pateras siguen llegando y mucho menos contra el tráfico de drogas, porque es en sus campos donde se cultiva el hachís. Y así las cosas los españoles ya no saben si decir eso de ¡Viva Aminetu Haida! o tirar por el ¡Basta ya con la caradura marroquí, que vivan nuestros tomates¡ Pero sea cual sea la opción, lo cierto es que el ambiente se está caldeando mientras la ONU, que no reconoce la ocupación marroquí del Sáhara, mira para otro lado.