
Javier Salvador, teleprensa.es
El endurecimiento de la Ley Antitabaco suena ya a excesiva tocada de pelotas del Ministerio de Sanidad al ciudadano porque se puede tener un gobierno progresista, pero progresar no es volver a la imposición de normas que sencillamente coartan el derecho del ciudadano a elegir lo que quiere hacer sin violar ninguna ley. Y traducir a ley aquello que se quiere imponer sin más, tampoco parece ni progresista ni democrático.
En España rozamos los cuatro millones de parados. Comemos y cenamos con noticias sobre corrupción, con los principales partidos sumando una chorrada tras otra con tal de estar en contra de lo que dice el de enfrente y, por si tuviésemos pocos problemas, la crisis de valores es de tal calado que pocas personas serían capaces de enumerar cinco de los muchos valores que evitarían tanta ley de pandereta.
El respeto es, por ejemplo, uno de ellos. Soy fumador y me cuido mucho de encender un cigarro allí donde no se puede e incluso donde hay personas que no fuman pese a no existir esas prohibiciones. También elijo bien donde me meto a tomar café, comer o hacer una sobremesa con los amigos, para buscar esos lugares en los que está permitido fumar y no molestar al no fumador.
Pero el no fumador debe mostrar la misma comprensión que yo muestro por ellos y no dar la tabarra cuando no está en un espacio libre de humos.
Está claro que el cigarrillo no es el causante del cambio climático y que, porcentualmente, es mucho menor el gasto médico que genera frente a los impuestos que se recaudan con cada cajetilla. Es decir, que con cada calada contribuyo a mantener cambios de sexo en la sanidad pública, con los que no estoy de acuerdo, abortos, y otra serie de cosas con las que puedo estar o no alineado y que, por descontado, son mucho más importantes que si me fumo un jodido cigarro mientras pago seis, siete o doce euros por una copa.
Estamos llegando a unos extremos en los que tanto progresismo de manual lleva a comportamientos de dictadura estalinista o castrista, como quieran entenderlo, cuando todo este lío quedaría en lo que es, una tontería, si quienes legislan se diesen un paseo por la calle y viesen la realidad.
Hay sitios en los que está permitido fumar y otros en los que no, y con eso basta. Cada cual elige. En la misma calle en la que yo tengo mi despacho hay cuatro bares. En tres de ellos se puede fumar y todos ellos tienen una clientela más o menos fija. Incluso en fechas especiales se abarrotan de gente. En el que no se permite fumar huele mejor, mucho mejor, pero no entran ni los gatos a por las raspas.
En términos sanitarios al dueño del bar en el que no se fuma le podríamos dar un diez, un premio y hasta unas vacaciones pagadas por contribuir al control del cáncer del pulmón, pero en términos económicos y de empleo habría que quitarle hasta la licencia de hostelero. De varios camareros en un inicio pasó a uno solo y un cocinero, y en un año y poco está loquito por traspasar su brillante negocio de no fumadores.
Hace poco, fuera de España, comprobé eso de las prohibiciones totales ¡Un carajo! Fuma todo el mundo donde le da la gana. Los pubs se han inventado hasta callejones donde sale la gente a fumar y el que no tiene ese espacio alternativo utiliza las botellas no para servir copas, sino para hacer juegos malabares.
Habrá que preguntarle a la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, si en su prohibición total de todo también entrará el Bulli de Adriá y su carta de puros y si el siguiente paso es dejar los estancos para despachar sellos y chucherías, porque si quiere prohibir por qué no se deja de ñoñadas y prohíbe directamente el tabaco, su venta y comercialización. Es más, por qué es legal fumar porros en un parque público y no lo es disfrutar de un cigarro o un puro después de un cocido con su pringue en el bar de la esquina.