
Javier Salvador, teleprensa,es
Llevo quince años contratando colaboradores y puedo prometer que nunca le he preguntado al responsable de personal, asesoría o a quien se terciase en cada momento cuánto nos iba a costar luego despedir a esa persona. Si la experiencia con un trabajador o de éste con la empresa sale mal, lo que cobre por despido no le va a arreglar la vida a él ni hundirá mi empresa, pero si la cosa va bien ambas partes lucharán por superar cualquier adversidad con tal de mantener posiciones.
Hablamos de la reforma laboral como si en España la mayor parte de los puestos de trabajo los generasen las grandes empresas y no es así, este país es de pequeñas y medianas empresas y ya va siendo hora de que se legisle pensando en ellas.
Puedo entender que a un tipo que deja a seiscientas criaturas en la calle el dato de a cuánto se paga el despido le resulte algo a tener en cuenta, pero en el fondo le da igual, porque cuando cierra su empresa ya ha dejado deudas suficientes para que todos terminen en el Fondo de Garantía Salarial, que por otro lado, que nadie se piense que todo el monte es orégano porque tú puedes tener una sentencia judicial contra una empresa, que luego te llega un funcionario y te tumba lo que te ha costado a ti y al Estado luchar durante varios años en los tribunales. En Almería, por lo menos, de vergüenza.
El problema de esta crisis no es el precio del despido y tampoco los convenios colectivos. Tampoco podemos achacar a los sindicatos que jueguen sucio en estos momentos, porque los sindicatos que tenemos son los que han creado los propios partidos políticos con sus premios para tenerles contentos y que no hagan ruido.
La patronal española ha perdido su credibilidad por mantener al frente a un tipo capaz de dejar millones y millones de euros enganchados a bancos y proveedores, a cientos de personas en la calle y a miles de clientes como damnificados.
Esos súper empresarios que daban lecciones de economía a los gobiernos son también parte importante de esta crisis, porque todo lo que ellos no devuelvan serán millones que no se volverán a prestar a pequeñas empresas. Y todo lo que esos monstruos de la empresa dejan de loro al Estado, seremos el resto quienes lo pagaremos con nuestros impuestos.
Tenemos administraciones que nos piden que nos estrechemos el cinturón sin que ellos sean capaces de hacerlo, y si lo hacen no es adelgazando en sus estructuras, sino limitando el dinero que hacen salir al exterior y que no gastan en su propias plantillas. Otra vuelta de tuerca para el pequeño empresario que pueda recibir algo de esos servicios externos.
Y todo eso ya lo sabemos, pero el principal problema de esta crisis es la falta de verdades. El PP quiere abaratar el despido porque es lo que pide un amplio sector de la clase empresarial, y es así porque ellos forman buena parte de su electorado fiel y del poder interno en el propio partido. Tarde o temprano se le tenía que escapar a Rajoy, pero el debate de esta crisis no es cuánto debe costar el despido, sino lo que cuesta una contratación, lo que tenemos que pagar para mantener una administración sobredimensionada, poco productiva, que no genera dinero y que malvendió sus empresas públicas. Y mejor así, porque si no tendríamos a muchos más que a los controladores aéreos cobrando sueldos que superan el medio millón de euros anual cuando sus empresas están en pérdidas. Más o menos como TVE.
Pero centrándonos en los despidos. Sí, tiene que haber una reforma laboral, pero quien se crea que con poner los 20 días de compensación por año trabajado va hacer que las empresas se lancen a la contratación de las masas, está muy equivocado.
Hace falta dinero para llevar a cabo ideas. Los bancos no lo van a dar, porque el pequeño proyecto del comercio tradicional, el de los tres o cuatro jóvenes que se unen para generar su propia empresa o el que necesita gente para poder crecer en otros mercados, no son interesantes en sus líneas estratégicas. Necesitan grandes operaciones que les proporcionen importantes beneficios con poco despliegue de recursos, vamos empresas al tipo Aircomet.
Y ésa es nuestra realidad, y así no vamos a ninguna parte. Alguien dijo que no es el filósofo quien sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca. Pues eso, que sobran filósofos disfrazados de políticos y bandoleros con traje de representante empresarial.