
Javier Salvador, teleprensa.es
Podemos hablar de economía a lo confrontación entre partidos, al modo de Leopoldo Abadía y los mundos que no veremos o bajarnos a la arena y darnos de bruces con la realidad que vivimos, el día a día, ése que nos jodemos entre unos y otros para luego decir que la culpa es de Zapatero o que esto con Aznar no pasaba.
Tenemos que hablar menos de economía y más de realidades, y la realidad es que en este país abundan los cutres y van sobrando del escenario político o de representación social. Sobran los Díaz Ferrán y sus millones de deudas, los pavos reales que se dan constantemente golpes en el pecho enseñando a los demás lo que hay que hacer y luego dejan más loros que los que puedas encontrar en una pajarería.
Les pongo un caso concreto, real y para descojonarse. Una empresa realiza unos servicios determinados no ya a una empresa, sino a una institución que recibe su dinero del contribuyente vía impuesto que cobra el Estado para él. Es decir, que se supone que es un cliente seguro, solvente y que no debe dar problemas ¡Y un huevo de pato!
Le presta servicios durante seis meses y cada mes revisa el correo para ver si recibe el talón que, supuestamente, le debe llegar mensualmente para cobrar a noventa días. Es decir, que te hago el trabajo hoy pero me pagas dentro de tres meses.
Aún así eso estaría dentro de lo normal aunque sea uno de los principales problemas de nuestra economía, es decir que el proveedor tiene que financiar al cliente.
Pero esos talones o pagarés no llegan nunca. A los seis meses se termina el trabajo y el proveedor pregunta dónde está el dinero que se le debe y lo más que recibe es una carta en la que le dicen que están contentísimos con sus servicios, pero que antes de pagar debe aportar una serie de pruebas de que su producto, -el mismo que su cliente ha hecho llegar a miles de sus propios clientes que sí le han pagado el servicio vía impuestos-, es bueno, saludable y no ha envenenado a nadie.
Vamos que ahora podemos ir al carnicero, pedirle un kilo de chuletillas de cordero y antes de pagarle decirle que espere, que primero te las comes a ver qué tal haces la digestión y luego, cuando estén perfectamente digeridas y camino al mar vía alcantarillado, le dices al carnicero que ahora sí estás en disposición de pagar, que te gustaron mucho, pero que antes te dé un certificado de que el cabrito en cuestión pastaba en brotes verdes.
Si las empresas mantienen el juego de a ver a quién cazo para que me sirva lo que necesito y ya veré como lo pago, los problemas económicos de este país no dependerán de que Zapatero mantenga el despido libre en 45 días por año trabajado o que Rajoy lo rebaje a 20.
En algo sí coincido con Abadía, en que estamos ante una crisis de decencia o, lo que es igual y venimos repitiendo hace mucho tiempo, que el problema de nuestra economía, como de nuestra sociedad, es la ensalada de valores que tenemos en la cabeza, que están ahí, pero revueltos y como algo que puedes o no poner en la mesa a la hora de comer.
No, los valores son el plato fuerte del menú y mientras no nos demos cuenta y no cerremos la puerta al cliente prescindible, para que se hunda él solo y no arrastre con él a nadie más, no arreglaremos nuestras economías domésticas, y una vez que éstas anden y funcionen, la economía del país se habrá solucionado.
En el sector pesquero, antaño, tenían unas pizarras negras en las lonjas donde aparecían los nombres de quienes no podía comprar pescado por no pagar sus deudas anteriores. El comprador que aparecía en la pizarra era expulsado de todos los puestos y hasta que cubriese su deuda nadie le servía.
Igual es el momento de recuperar las pizarras negras, pero esta vez las ponemos en internet y las hacemos universales, que con ello algunos gallos dejarán de cantar.
Y puede que lo hagamos.