
Javier Salvador, teleprensa.es
2010 va a ser el año de las encuestas. Yo creo en ellas, pero en el análisis completo de los datos y no en utilizar sólo el que más conviene, que es precisamente el ejercicio favorito de los partidos, de todos los partidos.
Hay una, por ejemplo, que podemos entender que de alguna manera da cierta ventaja al PP en las autonómicas si se hubiesen celebrado elecciones hace un mes. Pero el problema del partido conservador sigue siendo su líder, Javier Arenas, que cuanto más sube en valoración en el propio entorno más baja para los andaluces, de ahí que sea difícil verle gobernando la Junta de Andalucía cuando el pueblo no le quiere a él, pues lo que pide es un cambio, y de ahí a que ese reemplazo lleve el nombre del campeón en derrotas hay un enorme trecho.
Esto no quiere decir que el PP no tenga posibilidades, pues haberlas las hay, pero la falta de generosidad en sus líderes y esa extraña manía de perpetuarse en los sillones es lo que hace restarle posibilidades.
Por otro lado el PSOE tiene un problema.
Por primera vez se le acercan en Andalucía, que eso es como clavar una flecha en el corazón de los progresistas o demócratas, y ciertamente los datos pueden interpretarse hasta como buenos si tienes en cuenta dos variables que no se pueden obviar. Una es la crisis económica, que debería dar al PP una ventaja de diez puntos y no de unas décimas y la otra que en Andalucía se ha producido un cambio de liderazgo, de Chaves hacia Griñán, lo que debería haberles penalizado mucho más de lo que reflejan esas encuestas porque no deja de ser un cambio brusco. Ahora bien, si los socialistas se creen que esta situación la remontan sin ponerse las pilas, les veo asistiendo a la jura de Arenas como presidente de la Junta por muy improbable que se crea.
Dejando las encuestas de un lado, lo cierto es que la gente, el votante, está a la espera de recibir mensajes y el silencio de unos y de otros no es el mejor de los caldos de cultivo para enfrentarnos a una elecciones en las que lo importante puede que no sea quien gane, sino la poca gente que se acerque a las urnas. Y eso, señoras y señores, es el peor de los fracasos en una democracia, porque sucede cuando el elector, el ciudadano, lo da ya todo por perdido y le importa un carajo quién se lleva el sueldo de presidente.
Pero hay que entender lo del mensaje, pues no se trata de ese constante y tú más de los partidos, sino de poder creer en algo y no sólo en una encuesta que, ya digo, tienen valor y mucho.
Lo primero que faltan son oradores si entendemos como tal a la persona que dice lo que piensa y siente lo que dice. Ese y no otro es aquel capaz de aprovechar la magia del lenguaje y, por tanto, el más peligroso de los encantos. Y ya da igual que sea de derechas o de izquierdas, lo que se necesita es alguien en quien poder creer.