
Antonio Cobo, sacerdote
El pasado 15 de octubre celebrábamos el 165 aniversario del nacimiento de Nietzsche, ese gran genio que acabó tan malamente su vida. Una de sus más populares frases es la de “Dios ha muerto”. Pero un día apareció en la tapia de un colegio un graffiti que decía “Nietzsche ha muerto” firmado: Dios.
La verdad es que Nietzsche murió, hará el próximo 25 de agosto 110 años.
Pero Dios sigue dando señales de vida y de vida muy inteligente y espectacular. De lo contrario no se puede entender racionalmente la existencia de tanto orden y perfección en el universo que ahora conocemos mejor que cuando Nietzsche estudio física y química en la escuela de su pueblo.
A mi, cada vez que estudio estas macro cifras de astronomía o de microbiología me hacen recordar las primeras páginas de la Biblia, en las que se cuenta que Dios lo fue creando todo poco a poco para acabar creándonos a nosotros. Lo impresionante es que hoy día, más que nunca, coinciden las verdades fundamentales de la Biblia con las últimas verdades descubiertas por la ciencia.
Por ello me pregunto ¿Cómo puede quedar gente atea en pleno s. XXI, con lo que ha avanzado la ciencia?
Sabemos a nivel astrofísico, que en el universo hay unos cien mil millones de galaxias, y que cada una contiene entre mil millones de estrellas y un millón de millones de estrellas.
Y que están situadas a millones de años-luz unas de otras. Nuestra galaxia tiene unos 150.000 millones de estrellas. El diámetro del disco es de unos 90.000 años-luz, y el espesor central es de unos 10.000 años-luz. Su edad es de unos 12.000 millones de años. La vida que conocemos depende de la energía que proporciona una sola estrella, el Sol. A escala cósmica, las condiciones actuales de la Tierra son muy singulares, y corresponden a una fase que ha tenido un comienzo y tendrá un fin. Las condiciones actuales, que hacen posible la vida, dependen de la intensidad de la energía que llega del Sol: cuando cambie en el futuro, no se darán las condiciones necesarias para todas las formas de la vida que ahora conocemos, incluida la nuestra. Sorprende en el ámbito astrofísico la inmensidad del universo y, al mismo tiempo, la semejanza de los procesos físico-químicos que se desarrollan en las estrellas. Pero donde la organización de la naturaleza alcanza su máxima expresión es en el nivel biológico. Hoy conocemos mucho gracias a la biología molecular. Es llamativa la continuidad entre el nivel biológico y el físico-químico. La peculiaridad del nivel biológico es el tipo de organización. La vida que conocemos es posible gracias a la existencia de propiedades físico-químicas muy singulares. El mundo bioquímico consta de un número relativamente pequeño de componentes, que bastan para que se formen estructuras muy específicas y sofisticadas.
Pues si después de estos sencillos datos introductorios sobre la perfección del universo en el que vivimos, queda alguien que se atreva a decir que detrás de esta compleja maquinaria solo está “la carambola”, hay que tener mas fe para creer en el absurdo que para creer, con sentido común, que detrás de esta inmensa maravilla, que es el universo, está un Dios Creador Bueno y Sabio.
Por eso, si después de razonar científicamente, llegas a la conclusión de que Dios existe, enhorabuena, estás actuando como una persona inteligente. Así lo afirman los sabios más grandes de la Historia de la Humanidad, entre ellos un alto porcentaje de Premios Nobel.
Antonio Cobo, párroco de Puebla de Vícar