
Ana Bisignani, escritora
Noches atrás me encontraba viendo televisión. Había elegido CNN en Español. Era bastante tarde. Anunciaban que, en Granada, no se había podido encontrar el cuerpo de Federico García Lorca.
Me quedé pensando en ese inmenso creador que, dentro de un cuerpo no demasiado grande, seguía empujando “con veinte soles arriba”, como escribió en el poema La monja gitana, donde también dice: “…Las cinco llagas de Cristo/cortadas en Almería”...
Ese mismo día había recibido Carta de España, la revista mensual que edita el Ministerio de Trabajo e Inmigración de España a la que he quedado suscripta una vez que me hicieran una nota en el número 650. Allí también había un artículo titulado Lorca y el barranco de Víznar, escrito por Pablo Torres, que se ocupa, además, de los otros condenados que desaparecieran con él en la madrugada del 18 de Agosto de 1936. Habla de la oposición de los parientes al desentierro pues creen que otros familiares del poeta sacaron el cuerpo del Barranco de Víznar y le dieron sepultura en la Huerta de San Vicente, mientras que los descendientes de los compañeros de tan mal habida muerte, insisten en que se llegue a la verdad.
El diario La Nación de Argentina tituló: Se ahonda el misterio de los restos de García Lorca, en un artículo firmado por Adrián Sack donde reseña el trabajo de las siete semanas de excavaciones para encontrar los restos de los fusilados en el Parque Público de Alfacar, en Granada.
Cito al historiador Ian Gibson, hispano-irlandés a raíz de la decepción que sintió ante los resultados de la excavación: “Sigo pensando que Lorca está ahí, muy cerca de donde lo están buscando. Si no aparece en la última zona que queda por explorar, creo que estará entre el olivo y los chalets que hay junto al parque”, declaró al diario español El País.
Simultáneamente, los canales televisivos argentinos y españoles de noticias, rondaban el mismo tema. Que si estaba en esa parcela, que si no, que cuáles habrían sido las razones de la ausencia del cuerpo, que tampoco estaban los otros compañeros de partida…
El alma de Federico sigue moviendo continentes, me dije. Sigue empujando esos soles ardientes al son de una copla flamenca como para despertar sueños eternos. Guía a los peregrinos y, a setenta años de su muerte, juega a las escondidas “con el gorro de plumas y el sable de madera”.
Así traté de elaborar esa noticia desparramada por el mundo, como una broma del poeta con ganas de juerga y cascabeleo. Me lo imaginé regodeándose “como un oso panza arriba” cual saltimbanqui divertido. Y me entraron muchos deseos de volver a leer algunos de sus poemas. Entonces, me levanté del sillón para ir hasta la biblioteca y allí, de inmediato, encontré los libros con sus obras completas siempre acompañados por otro muy querido que me enviaran mis primas malagueñas: “Las Ínsulas Extrañas” una bella antología de poesía de la lengua española impresa en papel biblia. Sé que cuando entro en ese terreno cambia el espacio.
Busqué con desesperación algún verso de Federico, algún parlamento de sus obras de teatro que se me pudiera haber pasado de disfrutar, de leer con los ojos golosos, hedónicos ante semejante bacanal poético y dramático. Mezcla privilegiada de palabras con metáforas originalísimas, síntesis que siempre gana y la profundidad de los más grandes. Necesitaba robustecer mi memoria con su encanto para olvidar la atrocidad de su fin. Algo que aplacara la culpa humana ante la brevedad impuesta a esa vida. No encontré nada, desde luego.
Tal vez por eso, elijo suponer que está riendo oculto entre todas sus lunas, llanuras empinadas y ríos de pie. Él sabe donde habita, siempre lo supo, sólo debemos encontrarlo.
Como dice la escritora Lyda Rodríguez de Fossati al final de su poema El Mal Morir:
“No pongan crespones negros,
hagan guitarras sonar
porque el poeta no ha muerto,
sólo su cuerpo no está.”
Ana Bisignani Campos
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