
Javier Salvador, teleprensa.es
Si hay algo que no se le puede negar a Roquetas de Mar y a Gabriel Amat en particular es que en los últimos años el crecimiento ha sido espectacular. De la nada al casi todo, de ser un pequeño pueblo de costa a convertirse en la capital de facto de la provincia arrebatándole a la de título toda iniciativa que en cualquier lugar encuentras, precisamente, allí en la capital.
Amat, por ejemplo, ha sabido interpretar lo que es tener un auditorio, pues si para algunos es un edificio singular, él ha conseguido que sea singular no sólo en la fachada sino en su contenido. Apoyó iniciativas como un parque acuático que no hay en la capital, un acuario, que tampoco lo hay en Almería y hasta puentes con cierta gracia que salvan ramblas, por no hablar de un centro comercial que ilegal o no sigue abierto y comunicado con grandes rotondas y petado de palmeras sin el picudo rojo éste que se ha machacado casi todas las de Almería.
Roquetas es como la niña de Rajoy, aquella que conocimos en el debate con Zapatero unos días antes de que perdiese las elecciones el gallego. Así, esta localidad ha nacido con posibilidades, tiene no una casa sino miles de ellas aunque muchas estén desocupadas de manera coyuntural. Todo el mundo tenía trabajo, se siente orgullosa de sí misma como ciudad y sobre todo ha crecido libremente, sin que nadie le ponga freno y con tolerancia a toneladas, porque es lo que es gracias a todo lo que se le ha tolerado.
Pero esos crecimientos conllevan riesgos y uno de ellos es el que ahora tiene sobre la mesa el alcalde en cuestión.
Amat ha hecho una ciudad para que todos miren hacia ella, que sea ejemplo de crecimiento a toda costa y el problema es que ha sido a costa de sus propios vecinos, de los de siempre, de esos que llevan apellidos de colonos que hace años llegaron allí, como el padre del propio alcalde, que procedía de Albuñol y, peor aún, de los nietos de aquellos currantes que entienden que nada le deben al alcalde en cuestión ni a sus antepasados.
Ahora, con las vacas flacas, los comerciantes se han dado cuenta de que Gran Plaza les quita los clientes y las posibilidades de que éstos se acerquen al centro de la localidad. Las casas vacías son sinónimo de que nadie sale de ellas para asomarse a sus escaparates, comprar en sus tiendas o acudir a sus rebajas.
Había dinero para hacer grandes avenidas y hasta un auditorio, pero para peatonalizar el centro, el que ocupan los de siempre, los de toda la vida, hay que esperar a los fondos del Plan E, los de Zapatero, y justo ahora esas obras significarían en opinión de mucho su ruina total, porque si pocos son los que van ahora, con las calles levantadas ni se asomarán.
La niña de Rajoy, si fuese Roquetas de Mar, tiene adicción a las vacas gordas, a la vida fácil, al ladrillo sin miramientos y a los grandes desarrollos urbanísticos.
Ahora, los vecinos, miran no con orgullo a un alcalde del que antes decían que lo daba todo por el pueblo. Ahora le miran diciendo que él se ha creído que el pueblo está para satisfacer sus pretensiones y si antes a nadie le importaba que los terrenos en los que se edificó Gran Plaza hubiesen pasado por las manos del mismísimo alcalde o sus sociedades, ahora denuncian que en el barrio de La Loma, donde está el cortijo Amadora tan visitado por Javier Arenas, están floreciendo los servicios públicos para darle más aliciente a unos sectores en los que él y los suyos tienen la mayor parte del suelo. Casualidad o torpeza, resulta que a dos de las calles les han puesto el nombre del padre del propio alcalde y de su suegro, de ahí que entre coñas le llamen Amatlandia.
Puede que sea injusto mirarle ahora con esos ojos, y hasta puede que no, pero a Amat sólo le faltaba que le hubiesen regalado a Mariano Rajoy un ático dúplex en Roquetas de Mar y que ese edificio fuese uno de esos con licencia dudosamente conseguida por extraños silencios administrativos, para que hasta el mismísimo Rajoy renegase de la niña de sus ojos.