
Miguel Martín, Teleprensa.es
No podemos negarlo. Somos humanos con todas las consecuencias, imperfectos, inexactos, inacabados. Sí, también inacabados porque, a pesar de lo que creen muchos, el nuestro es un proceso evolutivo que aún no ha concluido, a menos que nosotros lo cortemos antes de tiempo, claro.
Pero no quiero hablar de futuro, eso tal vez llegará en otro momento. Quiero hablar de pasado, del surgir de una especie, de un género, que habría de sacudir los cimientos del planeta como pocos.
Homo Sapiens. Nos hemos denominado de esa forma tan poco humilde. Esas dos palabras ya son en sí una clave muy importante, pues nos dicen que pertenecemos a un género, el homo, en el que se incluyen otros seres similares a nosotros y que hoy en teoría no están con nosotros.
Habilis, Erectus, Neanderthalensis… Son nombres que resuenan en nuestra memoria que, como en casi todas las cosas, tienden a clasificarlos de forma lineal.
Lo que quiero decir es que a veces pensamos que la evolución funciona en línea recta, que recorremos una senda de doradas baldosas o subimos una escalera peldaño tras peldaño. Nada más lejos de la realidad. Muchos de nuestros ‘antecesores’ surgieron, es verdad, antes que otros, pero ello no quiere decir que no conviviesen entre ellos.
El ejemplo más claro lo tenemos si recordamos que durante la última glaciación nosotros mismos compartimos la Tierra con nuestros ‘amigos’ los neandertales, Y entrecomillo lo de amigos porque aún no sabemos qué pasó entre ambas especies, si hubo mestizaje, si no lo hubo (aunque parece que por aquí van los tiros) o porque desaparecieron.
Lo más curioso es que en un breve lapso de tiempo de apenas unos millones de años la evolución pareció acelerar el ritmo.
Cabe recordar que los dinosaurios ‘gobernaron’ el planeta durante cientos de millones de años y nunca desarrollaron inteligencia, aunque de no haberse extinguido no está claro lo que hubiese pasado.
Y aquí llegan los mamíferos que, durante ese tiempo habían permanecido a la sombra, y comienzan a expandir sus dominios.
Lo cual no significa que todo fuese coser y cantar, que los lagartos terribles se fueron a criar malvas hace 65 millones de años, año arriba, año abajo.
Seguro que han visto alguna vez el ejemplo del rascacielos como medidor de las edades de la Tierra y la aparición de determinadas formas de vida. Los humanos siempre aparecemos al final, en la azotea, una muestra más de nuestra insignificancia (y no son pocas las que hay).
Bueno, que me pierdo, en ese breve lapso de tiempo algo se pone las pilas y comienza a correr a toda leche, generando todo tipo de ‘homos’ (antes todo tipo de pre-homínidos) que desaparecerán en los milenios siguientes logrando sobrevivir sólo una de ellas.
¿Por qué?
No somos ni la más fuerte, ni la más adaptada, ni tampoco la más inteligente (los neandertales metían también cañilla). A veces parece como si un elemento externo hubiese influido en nuestro desarrollo y es ahí donde comienzan los problemas.
Para mí siempre ha sido un conflicto separar las teorías ortodoxas de las más heterodoxas. Me encantaba la paleontología y la ciencia en general, por lo que creo que todo tiene una explicación natural que no hemos llegado a ver del todo. Por otro lado, la heterodoxia ha tirado fuerte de mí con todo tipo de hipótesis que, a veces, se demuestran sin sentido.
Pasada la adolescencia, donde me deje llevar por el lado más heterodoxo, es difícil considerar que seres venidos de otros puntos del cosmos tuvieran algo que ver. Sin embargo, sin caer en el creacionismo, es complicado rechazar por completo que haya ‘algo’. No usaré términos como ‘diseño inteligente’, no me referiré a Dios, a Gaia o a cualquier otra entidad. Pero no negaré que, como diría el padre de Julio Iglesias, esto es ‘raro, raro’.
Quizá por ello sea tan apasionante investigar nuestro pasado, porque el ser humano es una especie que no se conoce a sí misma todavía. Que no sabe de dónde viene y, por lo tanto, a dónde va. Es un misterio que merece la pena estudiar para calmar una sed implacable, para obtener de una vez por todas la verdad.