Sexo libre
30 de Agosto de 2010 12:41h

Antonio Cobo, sacerdote
Una de las cualidades más alucinantes y difíciles de practicar que tenemos los animales racionales es la libertad, por eso hay tan pocas personas verdaderamente libres.
También la práctica de la sexualidad ha de ser libre, como todos nuestros actos humanos, y no obligada por nada ni nadie.
La libertad es la principal diferencia entre las personas y los animales. Los animales, nuestros vecinos irracionales, no son libres para orientar su vida al fin que ellos elijan, solo pueden seguir las pautas de sus instintos, que les orientan a su fin propio. Por el contrario las personas humanas somos libres para orientar nuestros instintos animales al fin que nos propongamos. Gracias a esta verdad fundamental, el hombre casado de 68 años de edad, con una mujer fantástica, que es la madre de sus hijos y la abuela de sus nietos, cuando siente atracción sexual hacia su vecina del 4º, que tiene 34 años, está casada y tiene una hija pequeña, puede calmar ese instinto sexual animal y no tiene porque dejarse llevar ciegamente y serle infiel a su mujer, hijos y nietos…cometiendo un adulterio.
Pero para no dejarse arrastrar por estos instintos, tantas veces equivocados, hay que ser muy libre y tener dominio y señorío sobre los propios instintos para poder dirigirlos hacia donde nos da “la gana libremente” y no a donde nos lleva obligados “la gana animal del instinto”.
A estas alturas ya todos sabemos que eso de “la gana” no tiene nada que ver con la libertad, a veces por casualidad, puede coincidir lo que nos “da gana” con lo que inteligentemente vemos que es lo más conveniente para nosotros.
Nadie inteligente quiere ser infiel a su buen marido o a su maravillosa mujer, pero a veces notamos el tirón del instinto que nos pide hacer aquello que no debemos ni queremos, en el fondo, hacer: partirle la cara al jefe, tirarle de los pelos a la cuñada o poner el coche a 250 km/h.
Las personas que no creen en la libertad, nos dirán que lo mejor es dejarse llevar por lo que me apetece en cada momento, pero eso, en la vida real es un desastre humanitario y un gran error psicológico y antropológico, cuyas consecuencias estamos sufriendo todos los días.
Es curioso que cuando más se habla de dietas saludables, de calidad de vida y de luchar contra el sobrepeso… y se nos anima a hacer ejercicio físico y dejar la vida sedentaria; al mismo tiempo no se nos anima a vivir una vida sexual ordenada, libre y responsable, que sea respetuosa con todas las consecuencias de la actividad sexual humana: la unión tan íntima entre dos personas que pueden engendrar una nueva persona.
La Iglesia Católica, desde hace 20 siglos, anima a practicar una sexualidad libre, responsable, por amor, inteligente, no por “calambrazo instintivo”, llena de respeto al otro o a la otra. Porque en la práctica de la sexualidad humana, lo primero es la otra persona y no mi placer, y el respeto ecológico al acto sexual: de un hombre con una mujer que se han entregado y unido para siempre. Una entrega que es progresiva, como todo lo natural, primero se han entregado los e-mails, después los números del móvil, poco a poco su amistad, confianza, cariño, su tiempo, sus personas y como colofón de la entrega, una alianza libre de entrega sin retorno, y sus cuerpos en un acto de amor, que los compromete también genéticamente. De lo contrario, el acto sexual es una estafa, es falso, está viciado, desordenado, es un gran timo.
Practica la libertad, que es inteligencia y señorío sobre los instintos, para poder amar, que es buscar el bien del otro. Y como decía el revolucionario africano San Agustín: “ama y haz lo que quieras”.
Antonio Cobo, sacerdote libremente célibe.