Álvarez Cascos, punto y aparte
03 de Enero de 2011 21:19h

Javier Salvador, teleprensa.es
Estoy seguro de que el lío está al llegar, porque conozco la casa por dentro y en el PP hay dos tipos mayoritarios de militantes y simpatizantes. Unos que tienen cargo y cuya única obsesión es mantenerlo para no salirse del círculo de bendecidos y otros, los de siempre, que llevan años y años trabajando por su partido sin haber pedido nada a cambio. Esos que a los que siempre se les llama para ser apoderados, esos a los que les gustaba trabajar un rato en la sede durante la campaña y a los que han quitado hasta ese gusto. De ese segundo grupo, mucho más numeroso que el primero y mucho más proactivo a la hora de buscar el voto con el cara a cara entre vecinos, familiares y demás, pocos o muy pocos han tenido la oportunidad de ocupar un lugar entre los elegidos para tener cargo y sueldo. Pero lo peor de todo es que hay ejemplos de sobra en lo que se puede ver que los que han llegado arriba han sido literalmente maltratados.
Pues bien, esos silenciosos, que si o si votaban al PP, tienen ahora un problema de conciencia cuando gente que para ellos era algo divino como Álvarez Cascos, Zaplana, Acebes y tantos otros, y dejaremos a Aznar para otra ocasión, muestran sus diferencias con esta versión cospedaliana del PP. Para que nos entendamos, hay que explicar el mensaje tal y como ha calado entre este grupo la salida de Cascos es decir, “este no es el PP por el que hemos trabajado en los años difíciles de verdad”. Pero hay más, cuando interpretan eso de que algunos están utilizando el partido en beneficio propio, lo que entienden es que los que están se están lucrando descaradamente. Ni hablemos de los casi 300.000 euros (50 millonazos de las antiguas pesetas) que cobra Cospedal o que alcaldes y concejales a los que no se les conoce oficio anterior al político sean literalmente ricos e intocables. Sí, ése no es el PP por el que ellos aguantaron que se les llamase fachas y fascistas cuando Felipe González sumaba una mayoría absoluta tras otra pero ellos no se quitaban la chapa de AP o del PP anteriormente.
Cascos, despechado y puede que con poca razón, porque las lió pardas siendo ministro tanto en lo particular como en lo profesional, y a un político se le pide altura en todos los sentidos, ha dado un paso importante, porque es cierto que tiene mucho que callar, pero no tanto como un Camps y una larga lista de personajes pringados hasta las cejas en casos de corrupción sin que su partido haga nada al respecto.
Si el asturiano da el paso de crear unas siglas propias, otros vendrán detrás y puede que iniciativas como Democracia y Libertad, que suma y sigue en su caza de de adeptos a la línea crítica del PP, tome la decisión de convertirse en algo más que en una corriente crítica que al fin y al cabo vota a unas siglas por vocación, porque la gran pregunta es ¿son esas siglas representativas de tal vocación a día de hoy?
No podemos olvidar que el PP que hoy conocemos fue la fusión de otros, como aquel PDP de Óscar Alzaga, Javier Rupérez o el mismo Mayor Oreja y del Partido Liberal de Pedro Schwartz y que traía entre otros a Esperanza Aguirre.
Pero olvidar que Cascos fue secretario general, mano derecha de Fraga, posteriormente de Aznar, que ocupó la vicepresidencia del Gobierno y que ahora se va, es como recordar el caso del impecable y adorado en su época Jorge Verstrynge, hombre fuerte de Alianza Popular, - otro lío anterior de micropartidos fundados por ex ministros de la UCD-, y a día de hoy militante del Partido Socialista Obrero Español. Vamos, el PSOE de toda la vida.
Pero no se lo pierdan, que a este ritmo, si el PP no gana en las generales de dentro de dos años, - y nadie lo da por hecho-, se dividirá en mil y un partidos, tantos como alcaldes no vocacionales que quieran mantener su sillón a flote.
Lo que todo el mundo tiene claro es que Cascos abrió la puerta y él, precisamente, fue el jefe de todos durante muchos, muchísimos años.