
Javier Salvador, teleprensa.es
Vamos a no empadronar inmigrantes. Todos fuera, porque son cuatro millones los que han entrado y en España hay cuatro millones de parados. Si los mandamos a casa y las matemáticas no fallan, recuperamos el pleno empleo. Así de fácil.
Así no tendremos consulados, mezquitas ni ninguna de esas cosas tan molestas que han venido con ellos porque, además, muy pocos hablan español y los que lo hacen, lo hacen muy mal. Pero cuando digo todos, digo todos: moros, chinos, paquistaníes, argelinos, colombianos, venezolanos, filipinos y demás. A los ingleses, alemanes y otros hermanos europeos los dejamos aquí porque son blancos de piel y les gusta la cerveza tanto como a nosotros. Esos son los chachis. Y bueno, ni que decir tiene que las rusas, lituanas y todas esas caritas de ángel de los países del Este también las dejamos entrar sin problemas, porque son guapísimas y tampoco estorban tanto. Pero si vienen sin parejas mejor ¿solteras gusta más verdad?
Bien, pues ya están todos fuera.
Y para que no entren más a los aspirantes les sometemos a un examen de patriotismo y quien no sepa quién era Millán-Astray no tiene derecho a pisar suelo español. Así mejor, con la puerta bien cerradita, ni corrientes ni contrastes.
Ahora bien, vamos a ver cómo se nos queda Almería sin inmigrantes. Lo primero es que desaparecen los inquilinos de los pisos de alquiler que ocupan. Es decir, que ahora la hipoteca de esa segunda o tercera casa con la que se hace negocio se convierte en una carga que sale de tu sueldo.
Luego tenemos el problema de la agricultura. A ver cuántas mujeres u hombres conseguimos para los almacenes de manipulado y a ver quién es el guapo que se mete en el invernadero sin ser el dueño de la explotación. Pero bueno, que se busque la vida el agricultor porque es su problema ¿o es el de Almería?
El que tenga chacha, interna o a tiempo parcial, que se olvide, porque esos también se van. Ahora a contratar a una con convenio laboral. La construcción, como está parada no se resentirá, así que no cuentan los miles de morenitos que veíamos acarreando ladrillos o carros como peones. No, ahora los capataces y los oficiales van a hacer todo el trabajo, como antaño.
Cerramos los comercios que tienen. Los todo a cien, las carnicerías, los bazares y los restaurantes, y bueno, sacamos toda la mano de obra inmigrantes que hay en la hostelería, porque aquí todo el mundo está dispuesto a tirar de bandeja y servir en la terraza a don Luis y su señora y, además, llamarle de usted como a él le gusta.
Pero ¿cuál es nuestro verdadero problema, que se marchen o que se queden? ¿Nos hemos parado a pensar lo que suponen en realidad?
Seamos sensatos por una vez y no jodamos a quien no lleva culpa en este entierro.